En este momento se está desarmando el Puerto Piojo tal como lo conocíamos, ese sitio que, desde fines de los ’60, se les asignó a los pescadores artesanales para anclar sus lanchas y bajar cajones de camarones y langostinos, y que ellos usaron también para arreglarlas, calafatearlas, pintarlas, tejer redes y reunirse.
Cualquiera que haya recorrido el puerto de Ingeniero White en las últimas décadas habrá visto numerosas canoas y lanchas detrás de un alambrado, sostenidas por palos para que no se volteen; quizá hasta recuerde alguno de sus nombres: “San José II”, “Cristina Antonia”, “Santa María della Scala”.
Ahora, en los mejores casos, una grúa las está levantando para trasladarlas a otro lugar. Están anunciadas las obras de una nueva dársena o banquina para pescadores con mejores instalaciones y servicios.
Lo sabemos: no hay historia sin transformación, pero no sería sorprendente que aquellos que se subieron a las lanchas amarillas para salir en busca de pescadilla -o incluso los menos que lo siguen haciendo-, hayan tenido y tengan estos días sueños un poco inquietos, o se hayan despertado en mitad de la noche con una sensación extraña en el estómago.










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